MASACRE DE LOS LEBARÓN ELEVA CRISIS EN MÉXICO

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La Morita. El asesinato de nueve integrantes de la familia mormona LeBarón, Langford y Miller acontecido la mañana del lunes 4 de noviembre evidenció la incapacidad del Estado mexicano contra la violencia instrumentada por las bandas del crimen organizado.

Las víctimas -seis niños y tres mujeres- representan una pesada loza para la Secretaría de Seguridad Pública y Protección Ciudadana, a cargo de Alfonso Durazo Montaño.

Precisamente, esta agresión armada que conmocionó al mundo entero ocurrió en el municipio de Bavispe, tierra natal de Durazo, quien en los momentos de mayor crisis nunca arribó a esta comunidad sierreña que lo vio nacer.

Y peor aún, al momento de dilucidar el móvil y el orden cronológico del cruento ataque cayó en un sinnúmero de inconsistencias.

Durazo fue corregido por los familiares, autoridades locales y la prensa en cada una de sus desafortunadas declaraciones.

Los datos erróneos han ido y venido: Primero se informó por parte del secretario de Seguridad Pública y Protección Ciudadano, Alfonso Durazo Montaño, que las víctimas fueron atacadas en su trayecto de Chihuahua a Sonora, lo cual fue desmentido por los familiares.

El grupo de tres camionetas partió con destino a Chihuahua y a Phoenix, describió Kendra Lee Miller, familiar de las víctimas, el martes por la mañana a familiares y a la población que se mantenía atenta a las novedades sobre el artero ataque a los residentes de La Morita, Sonora.

Esta misma versión fue constatada por Julián LeBarón y por la propia Fiscalía General de Justicia del Estado de Sonora a los representantes de los medios de comunicación que se trasladaron en las primeras horas del martes al lugar del ataque.

Ese mismo día, en la conferencia del martes el secretario Durazo, originario de Bavispe donde se registró la emboscada, aseguró en la conferencia matinal acontecida en Palacio Nacional que el atentado habría sido a la una de la tarde, hora de Sonora.

Apenas lo había pronunciado y presentado en un mapa cronológico, cuando la misma familia, en su calidad de primeros respondientes, compartieron un video a través de las redes sociales en el que se aprecia que el atentado se registró a primeras horas de aquel día.

Conforme pasan las horas, las hipótesis e informes se caen uno a uno, hasta ahora esta es la construcción de los hechos compartidos por la familia y secundado por la fiscalía sonorense.

Cerca de las nueve de la mañana, de ese fatídico lunes, las familias LeBarón, Langford y Miller partieron en tres camionetas con 17 pasajeros a bordo, desde las nueve de la mañana de La Morita, la comunidad mormona enclavada en la sierra alta sonorense (a unos 329 kilómetros al noreste  de Hermosillo) con dirección a Pancho Villa, Chihuahua y Phoenix, Arizona, en los Estados Unidos.

A unos 4.5 kilómetros, de la comunidad, se registró el primer ataque, María Rhonita Miller LeBarón y cuatro de sus hijos Howard Jacob, de 12 años de edad; Krystal, de 10; y los gemelos Titus Alvin y Tiana Gricel, de casi ocho meses, fueron emboscados cuando se encontraban al interior de la camioneta familiar, de la marca Tahoe.

La camioneta se volvió en llamas, supuestamente, porque las ojivas alcanzaron el tanque de la gasolina, no obstante, la fiscalía sonorense remolcó los restos incinerados de esta unidad para que especialistas en explosivos realizaran los peritajes.

Unos 18 kilómetros más adelante, en un camino que es una auténtica brecha de nomás de siete metros de ancho, fue alcanzada por las balas una Suburban color blanco en donde yacían los cuerpos, presuntamente, de Christina Marie Langford, de 31 años de edad y los pequeños Trevor y Rogan, quienes fueron acribillados.

Christina fue una heroína hasta el último segundo, al saberse flanqueada por los inmisericordes gatilleros, paró la marcha de la unidad, descendió de la unidad con los brazos en alto para implorar por sus vidas y no fue suficiente: los gatilleros descargaron su furia en forma de balas.

De este último ataque, unos dos kilómetros antes de abandonar Sonora, a quince metros de una Suburban color blanco, se encontró el cuerpo sin vida de Dawna Langford.

Al menos cinco de los ocho sobrevivientes resultaron heridos, el más grande de los sobrevivientes, de 13 años, de quien se omite sus nombres por seguridad, fue quien recorrió el camino de terracería, unos 20 kilómetros, para avisar a sus familiares de la desgracia que había caído sobre las familias LeBarón, Langford y Miller.  

Esa indignación y luto se extendió a lo largo y ancho de México, Estados Unidos y el mundo entero.

 

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